Responder, borrar, publicar, subir, colgar, buscar, fotografiar, actualizar, editar, descargar, retocar, envíar: atrapados en el hiperempleo #internet

 

¿No recibiste mi email? ¿Tampoco viste el was que te envíe ? ¿Por qué no has cogido el telefóno?

Hemos llegado a un punto en el que todos trabajamos sin descanso aunque estemos desempleados.

Analizar el correo electrónico,  leer una entrada de nuestro blog favorito, reorganizar la lista de Netflix, wasapear mientras comemos, buscar vídeos en youtube de madrugada, hacer fotos para instagram una mañana soleada de domingo, colgar en facebook al instante, comprobar mis seguidores en twitter todos los días, añadir a favoritos esta web y a mi lista de deseos estas zapatillas, suscribirme a un newsletter que parece interesante… todo esto lo hacemos de forma adictiva o, en el mejor de los casos, con un convencimiento naíf: estar más informados y/o mejorar nuestra reputación y actividad online.

Estamos atrapados en un torbellino de acciones digitales que a menudo asociamos a nuestro tiempo libre. Pero se trata, a todas luces, de trabajo no remunerado.  Las grandes empresas de internet nos necesitan para que consumamos sus contenidos todo el rato, pero también para que produzcamos esos mismos contenidos siempre que nos sea posible, a cualquier hora. Sólo así multiplican exponencialmente sus usuarios. Y en este terreno abonado aparecen los anunciantes, principal fuente de ingresos de estas empresas. Nuestro trabajo “desinteresado” les sirve para obtener más ingresos por publicidad; y las marcas anunciantes, de paso, también se aprovechan de nuestra contribución a las audiencias vendiéndonos productos y servicios.

Un negocio redondo.  Pero es que, además de los ingresos derivados de la publicidad,  las empresas tecnológicas también especulan con nuestros datos y ya han conseguido superar en este concepto miles de millones de dólares.

Como trabajadores sin conciencia de serlo, como productores invisibles nos olvidamos de pedir nuestra parte del pastel. No hay beneficios económicos para nuestra labor aunque tengamos firmado un contrato tácito con las empresas de Silicon Valley: trabajamos para ellas pero no vemos un duro (La revista Time dio a conocer hace unos meses una herramienta que permite calcular la cifra que twitter debería ingresar a sus usuarios tras su exitosa salida a bolsa).

Responder, borrar, publicar, subir, colgar, buscar, fotografiar, añadir, actualizar, editar, descargar, retocar, envíar… son “obligaciones” mil que incluyen noches y fines de semana. El trabajo sin fin – y sin ánimo de lucro- ha superado el ocio en casi su totalidad.

La palabra trabajo, por lo general, nos trae a la mente los trabajadores sudorosos de las fábricas antiguas. Pero hasta los obreros explotados del siglo XIX, en plena Revolución Industrial, lo tenían más claro que nosotros. Fuera de la fábrica se estaba -estrictamente- fuera del puesto de trabajo.

En el mundo empresarial se ha llegado al punto de estar siempre hiperconectado,  con lo que esto conlleva: los empleados tienen pocas oportunidades para escapar de sus dispositivos y pasar tiempo pensando y resolviendo problemas. El fin de semana, como un tiempo fuera del trabajo, también se está convirtiendo en una utopía.

Ian Bogost, un diseñador de videojuegos, crítico e investigador americano escribe sobre este hiperempleo disfuncional que nos anula el tiempo libre y nos obliga a producir constantemente, con el añadido del agotamiento mental por prestar atención a demasiadas cosas a la vez.

En opinión de Bogost, no tenemos conciencia de esta realidad abrumadora del hiperempleo, y recomienda que si alguno de nosotros se siente un hiperempleado, lo mejor que puede hacer es averiguar exactamente cuál es su trabajo y ponerse a trabajar. Identificar también qué es para nosotos el tiempo libre y disfrutarlo en los términos que más nos complacen – aunque esto signifique seguir enganchado a las redes sociales. Lo importante es hacer este ejercicio de reflexión y saber elegir.

Que no piensen de usted que es un borrico.


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