La cultura del selfie #fotografía #sociología

 

¿Somos la generación más egoísta de la historia? A pesar de la agitación y de la injusticia creciente en el mundo, nos pasamos horas tomando fotos de nosotros mismos para publicarlas en las redes sociales. Compartimos pequeños fragmentos de nuestras vidas como si fueran importantes. Nos hemos convertido en nuestros propios iconos; somos nuestros propios paparazzi. Con el smartphone en la mano, repetimos la misma toma hasta obtener el resultado deseado. Seleccionamos y borramos las imágenes que nos nos complacen. Recurrimos a las herramientas de recorte y edición rápidas y mejoramos y embellecemos una imagen en cuestión de segundos.

En 1981, el semiólogo Roland Barthes  escribió en su obra La cámara lúcida: “Ante el objetivo soy a la vez: aquel que creo ser, aquel que quisiera que crean, aquel que el fotógrafo cree que soy y aquel de quien se sirve para exhibir su arte”.  Por lo tanto, el retrato de uno implica la imagen subjetiva del yo y la imagen idealizada de sí mismo, por un lado, y la imagen resultante del yo y la imagen pública del yo -o “imago”-, por otro lado.

Para Barthes, la fotografía de retrato llevaba intrínseca las insatisfacciones del retratado, que carecía de control sobre la imagen capturada y su distribución. Es el selfie el que consigue un salto cualitativo en la inmortalización de nosotros mismos. El individuo controla la mejor versión para  sí mismo y -aparentemente- para los demás. Puede que nuestro selfie se corresponda con nuestra imagen idealizada, con lo que nuestro ego aprueba -eso al menos lo hemos superado en la era digital. Pero es la mirada de los demás el último juez, y se materializa en la forma en que un selfie es evaluado (la cantidad de comentarios y ‘me gusta’). Por lo tanto, el control que el individuo pretende tener sobre su selfie es socavado por la audiencia. Lo que yo quiero que los otros piensan que soy no tiene por qué coincidir con lo que piensan después de ver las fotos.

Con el smartphone, la noción y la práctica del retrato artístico ha sido sustituido por el “hágalo usted mismo”. Es el fotógrafo amateur quien elige la forma de construir y difundir su identidad a través de sus selfies. Pero el precio de desdibujar los límites entre aficionados y profesionales es la estereotipia y convencionalidad de la pose. Además, la representación de uno mismo se basa exclusivamente en la mirada de los demás como consumidores de medios. Nos hemos convertido en una forma de generar contenido y acumular respuestas.  Pero el medio en el que nos conectamos nos es un medio neutro y no deberíamos aceptar que unir a las personas es unirlas por su valor nominal.

Además, el selfie está limitado a la extensión de nuestro brazo, a la longitud del palo que usemos o al reflejo en un espejo. Con esta  distancia focal, tenemos pocas opciones para innovar con el ángulo de visión y/o la profundidad de campo. Por eso nuestros autorretratos son prácticamente iguales y no siguen los cánones de la buena composición fotográfica.

Este resultado estereotipado elimina la disidencia ideológica que conlleva una fotografía estudiada de nosotros mismos. Todos parecemos comportarnos igual, todos tenemos la misma pose, todos transmitimos lo mismo. No hay insatisfacción aparente. Todo va bien.

Pero ya sabemos que las apariencias engañan, que no hay neutralidad en internet  y que el mundo seguirá siendo cada vez más injusto a pesar de – y a consecuencia de- que inundemos las redes con millones de nuestras mejores sonrisas.


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