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Relatos

El hombre del saco

Ese rostro imperturbable como tronco de árbol milenario; un espíritu descomunal, capaz de subyugar tigres, elefantes, grandes osos, esbirros de mundos infernales… ese ogro persuasivo que siempre sale victorioso; protector y pragmático, sabedor de que la generosidad alivia la pobreza pero aflige más aún; esos ojos áureos y negros a la vez, quemados de tanto mirar al sol cara a cara… pero sobre todo esas suelas, las de sus botas: ¿dónde encontró el cuero suficiente para cubrir la superficie de la tierra?

Hace menos daño un elefante enfurecido que el que él nos hace. Lleva en su saco, del tamaño de una ballena cósmica, el pleno goce y beneficio de todas las posesiones universales. Es imposible llegar a vencerle porque allí dentro van todos sus enemigos, innumerables como vasto es el espacio. Tampoco se le puede hacer frente porque cambia el curso de los acontecimientos cuando le viene en gana. Por eso es mejor carecer de riquezas, honor, salud y medios de vida, que plantarse en su camino. Aunque hayáis estudiado, reflexionado y meditado mucho, si no os metéis en el saco sois como un vaso quebrado que se queda sin absolutamente nada.

Aprovechando el menor fallo de atención os robará los méritos, incluso los más íntimos, para ponerlos al servicio de sus hábiles instrucciones.

Debéis dejar que lo haga, no sirve de nada mantenerse en guardia. Sólo hay una cosa que deberían enseñar en la escuela: la manera más cómoda de tenerle miedo.

@ramon_molleda


Brotes negros

Desde que se quedó sin empleo se dedica a revisar los ciento y pico consejos para mantener vigoroso su bonsai. Pero, por falta de atención, hace todo lo contrario de lo que indica el manual en varios puntos vitales. Mantiene el ficus panda literalmente contra la pared, sin girarlo 180 grados una vez al mes para que las ramas no se mueran por falta de luz. Alambra el árbol en su totalidad, sin dejar el giro del alambre un poco suelto; lo que propicia marcas, cicatrices y escasa circulación de la savia.

Pasan los días y su bonsai decae visiblemente, lo mismo que él. Pertenece a una especie que no se recupera bien de la defoliación ni de la poda fuerte y, sin embargo,  lo desmocha con saña esperando una  recuperación milagrosa. Como no lee detenidamente el manual no unta las heridas con hormonas cicatrizantes, ni  estimula el desarrollo de nuevas raíces, ni coloca abono orgánico en la base del tronco.

En el colmo de la negligencia aparecen  síntomas de un riego escaso: brotes débiles o secos.

Desde hace algún tiempo le atacan unas arañitas de color morado de  las que no habla el manual y que incluso se han colado en sus sueños.

Recurre al acaricida y por momentos parece recuperar.  Es sólo una ilusión.  Poco a poco los brotes se vuelven negros y las hojas se tornan amarillentas, colgadas a la espera de caerse.


La clave

Todo en su persona resultaba pronosticable, pero la previsibilidad se vino abajo con su muerte y, sin más, afloró la sospecha de que pudiera esconder documentos inapropiados en sus archivos informáticos. Se había muerto llevándose consigo la clave de acceso a su ordenador y el director aseguró que tras aquel disfraz de tonto, el secretario podría guardarse un as en la manga y que era preciso entrar a su máquina antes de que cualquier persona ajena a la institución pudiese atar algún cabo suelto. Se contrató a dos expertos informáticos, que además lo eran de la disciplina criptográfica. Tardaron tres días en llegar a la conclusión de que no había forma de reproducir la contraseña, pues tenía la nada despreciable cantidad de 64 dígitos, algo muy poco común. Ante la asamblea explicaron que podría tratarse de una frase, una frase que el secretario recordase fácilmente. Si no era una frase había dos posibilidades, o el secretario era un portento y había memorizado números, letras y caracteres especiales o bien había anotado la contraseña en algún sitio cercano. Esta última opción fue descartada por la dirección, que ya se había empleado a fondo en analizar con lupa todos los papeles que había dejado sobre su escritorio, que no eran muchos, pues el infarto le sobrevino después haber enviado la correspondencia del día. En el cajón de su escritorio sólo estaba el listín telefónico con los números que habitualmente usaba para su desempeño.

Esto produjo cierta expectativa en los criptógrafos que quisieron ver aquel listín de inmediato. Como habían sospechado había en él señas identificativas de lo que podría ser la clave. Unos puntitos rojos señalaban determinadas letras en su parte superior. Por ejemplo, en la palabra Ayuntamiento, estaban señaladas todas las vocales, en Policía todas las consonantes. En total los puntos rojos eran 64, exactamente el mismo número que las letras de la clave. Todo hacía presagiar que estaban en el camino correcto.

Un momento, dijo el director, para que quiere este hombre el número de la Policía. Las suspicacias fueron creciendo, así como las dudas acerca de la buena fe del secretario García. Los criptógrafos introdujeron las letras en una pequeña aplicación informática que se encargaría de mostrar todas las combinaciones posibles con ciertas atribuciones semánticas y gramaticales. La hipótesis seguía siendo que alguna frase con sentido coherente abriese una nueva vía de investigación.

Pero una de esas combinaciones fue demasiado rotunda y no se preciso más análisis. No había más que decir: “Nuncaencontrareislacontraseñaperoyotampocomepreocupariademasiado”

El director fue en busca de su réplica en bronce de martillo de juez, la que adornaba su escritorio, y destrozó el ordenador salvajamente ante el asombro de todos los bienpensantes.


En la cumbre

Apenas podía articular mis dedos y aún así saqué el cuadernillo de la mochila y me puse a escribir. No sabría decir cómo lo hice, pero la tinta quedó perfectamente legible en el papel. El aire de la montaña amenazaba con derrumbarme, pero me mantuve firme. Hacía verdaderos equilibrios apoyado en el piolet. Sufrí una ventisca inhumana que duró más de una hora. Después arreciaba la nieve y caía la tarde en el abismo. Dejé de escribir. Saqué el termo de la mochila y me serví un poco de agua helada. Un témpano. Al poco me entraron unas horribles ganas de mear. La temperatura en el exterior era extremadamente baja y podría exponerme a la congelación. Mearme encima tampoco era conveniente para mis piernas. Decidí empezar a bajar. Tenía que decirles a todos: vengo de allá arriba.

Cuando me desperté la cama estaba empapada.


El relevo

La primera cámara digital fue desarrollada por Kodak, que encargó a Steve Sasson la construcción de una en Diciembre de 1975. Tenía el tamaño de una tostadora y una calidad equivalente a 0.01 megapixel. Necesitaba 23 segundos para guardar una fotografía en blanco y negro en una cinta de casette y otros tantos en recuperarla.

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Desde siempre mantiene la teoría de que las fotografías, la vida y  el trabajo, son una misma cosa, y que olvidarse la cámara en casa es algo así como una amnesia profunda. Existiendo una fotografía de cualquier instante la memoria se fortalece hasta extremos insospechados, pues de un matiz de un coche, de las hojas de un arbol, del luminoso de un bar, de los ojos de un viejo…. se derivan otros recuerdos enlazados y de éstos muchos más. Acostumbrarse a hacer unas cuantas fotos al día, piensa, es un método mucho más recomendable que atiborrarse de fósforo.

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Actualmente, una cámara digital puede ser más pequeña que un paquete de tabaco y graba más información de la que el ojo humano puede detectar. El pasado, el que habitualmente se recuerda a la luz tenue de un foco, se convierte gracias a ella en un pasado exacto e iluminado. Además, con las altas velocidades de disparo y multidisparo uno teme pestañear para no perderse nada. La cámara digital, 35 años después de ser inventada, se ha apropiado del recuerdo fiel; más aún cuando el cerebro humano sigue teniendo el tamaño de media tostadora y se recalienta y se frusta cuando trata de recobrar una imagen deseada.

De todas formas, atiborrarse de fósforo sigue siendo necesario si uno no confía demasiado en los archivos digitales.

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Varios académicos franceses de Ciencias y Tecnologías alertan del grave riesgo de pérdida de archivos conservados en discos duros de computadoras, DVD y CD, al tratarse de soportes “en constante degradación” -algunos discos externos no superan los cuatro años de longevidad.

Recopiar periódicamente los ficheros grabados que se consideren vitales y protegerlos de la luz son algunos consejos prácticos para intentar alargar la vida de estos soportes.

Estos mismos académicos llaman la atención sobre la necesidad de inventar mejores instrumentos para archivar datos. Si no durante siglos, al menos durante decenas de años.

Pese a todo, sostienen que de la ingente cantidad de datos conservados digitalmente sólo un 1%  es relevante.


La convulsión


El origen de los terremotos se encuentra en la acumulación de energía que se produce cuando los materiales del interior de la Tierra se desplazan, buscando el equilibrio, desde situaciones inestables que son consecuencia de las actividades volcánicas y tectónicas, que se producen principalmente en los bordes de la placa.
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El origen de la miseria se encuentra en la acumulación de capital que se produce cuando los recursos del planeta se desplazan, buscando la injusticia, desde los países más pobres e inestables, consecuencia de las actividades de usura y monopolio de la fuerza, que ostentan principalmente los países ricos sin ningún tipo de escrúpulo.


Eléctrico


En el silencio de la noche identifica al mismo tiempo el pripri de su móvil casi descargado, y el rrggrggg minucioso del frigorífico vacío. El ssssunnnn monótono de la pantalla del ordenador , el trrrtrrtrr del procesador que se reinicia con frecuencia, y la guerra de mosquitos que toman la pantalla de la televisión tras la carta de ajuste: psssssssss.

Bajo sus párpados quedan restos de mensajes: cyber letras pestañeantes, demasiado intensas pero sin gramática posible. Con los ojos cerrados, sin poder dormirse, asimila la existencia vacua de los cationes. Por momentos se convierte en un reflejo de la pantalla, en un engranaje de cualquier sistema electrónico, en ruido. Dormita como un mecanismo y apreta sus puños en busca de nervio.

Cuando oye los truenos de alguna tormenta se acuerda de Dios y le pide un rayo. Pero nunca caen cerca. Entonces se vuelve de nuevo hacia sí mismo y escudriña sus órganos, presiona sus dedos sobre la piel y los siente funcionar por allí abajo: los líquidos moverse, las membranas rozarse, las cavidades abrirse y cerrarse. Siempre igual.

Tiene tantas ganas de sentir, de sentirse como realmente es, como uno puede llegar a ser, como uno es, que se decide finalmente. Pela cables adyacentes a todas las máquinas de su casa y se los inyecta en su cuerpo. Luego sube el interruptor.

Tras la descarga todas las cosas hacen un pequeño guiño y se encienden como es costumbre en las noches. Ruidos solitarios vuelan por el aire sin rumbo. Pero entonces el teléfono móvil suena reclamando una voz y la nevera se abre como en el espejismo de un hambriento; su luz engañosa simula una masa de alimentos dentro. Se escucha alto y claro un nuevo y prometedor programa en la televisión, y por la pantalla del personal computer comienzan a construirse frases con claridad de pensamiento.

Todo llega demasiado tarde, porque él moja su cama con la sangre que le cae de los oídos.  Sus ojos han estallado y son una bulba gelatinosa que rebosa las cuencas.


Corramos un tupido velo

Diré aquí que el gurú Larry Submenuagen encadenaba siempre las primeras sílabas de las palabras para referirse a las cosas. “Mesimal” era lo mismo que “mesientomal”, “Aquenopo” venía a ser “amanecequenoespoco”, etc. Entenderse con él no era una tarea sencilla, pues su lenguaje era sintagmáticamente escaso. También tenía una peculiar manera de entender las matemáticas, el sistema numérico contemporáneo era a sus ojos algo caduco. Lo simple no era un tres, sino un “unomásunomásuno”. A diferencia de las palabras los números no podían resumirse. “Losnunosonco”: “losnúmerosnosoncosas”, repetía. A fuerza de amontonar palabras siempre se vuelve al mismo sitio. Sin embargo, amontonando números no se llega a nada. El cálculo, según sostenía, es una falacia.

A Larry Submenuagen no se le podía preguntar la edad, ni su número de carnet identidad, pues empezaba con su eterno “unomásunomásunomásuno…”, y si la conversación derivaba hacia posturas intelectuales, Larry hacía perder los nervios a cualquiera, personalmente yo los perdía.  “Quihadelafi.Pequihasinenana, polascocladesunprin”, imagínense su retahíla, no terminaba nunca. Ahora bien, Larry Submenuagen era un ser escrupuloso de las puntuaciones, tomaba siempre aire en el lugar que requería el sentido de lo dicho y las pausas eran todo lo frecuentes que dictaba el acópoque y  su ecofonía singular y entrecortada.

A las clases de iniciación acudían cien o más tipos con los labios apretados, gimiendo al unísono, haciendo esfuerzos por componer. Y él, Larry Submenuagen, en su trono académico, ponía el ritmo cardiaco al lenguaje: “Nosésiseneuncon, petosemul”, etc.

No éramos una secta ni nada parecido, sólo personas normales un tanto inquietas por las teorías del significado, simplemente.  Al principio era algo así como “mimamamemima”: sujetos directos, sintagmas asequibles, relaciones espaciales sencillas. Pero claro, el aprendizaje se complicó y no todos fuimos al mismo ritmo. Por más que se empeñaran yo no era capaz de entender algo aparentemente tan común como “almehadiquefu” (alguienmehadichoquefumas). Tendía a confundirlo con “almediodíahadichoquefu”. No, me decían, debes sentir la música del acópoque, está muy claro, yo no he dicho eso he dicho lo otro, fíjate cómo lo profiero. Y volvían a repetirlo “almehadiquefu”, pero nada. El caso es que fui el tonto de la clase.

Pero quiso el destino que nuestro maestro enfermase por aquel entonces y que tan sólo en cuestión de días se encontrase ya postrado en su lecho de muerte. Sorprendentemente me mandó llamar a su presencia; aún hoy sigo sin entender por qué me eligió a mí.

Larry Submenuagen, en su “Ledemu” me contó:

“Lamueresucomuyra”. Insistió varias veces pero yo no lo cogía. Así que se murió así, delante de mí, con un último murmullo incomprensible y premonitorio: “Countuve”.

Cuando el resto de los alumnos supieron que yo había sido la única persona que presenció su muerte depositaron toda su confianza en mí.

Antes de partir  hacia la tierra prometida estuve durante un tiempo dando vueltas al “countuve”, pero seguía sin significar nada. Meses después alumbré una idea genial. Les dije a todos mis discípulos que saludasen cortésmente con una sonrisa y un “countuve” a secas.

Y así fue como fuimos respetados durante nuestro largo éxodo. Aquella palabra fue la llave y sólo con eso bastó.


Perspectivas que engañan

En resumidas cuentas, que sabías que te acercabas y caminabas más rápido. Que nunca  hay nada que se pueda hacer si el caso despierta tu interés. Qué seguiste a la chica por que te dio la gana. Ocultándote, tratando de que nadie te viera, buscando un ángulo muerto.

La vigilaste tras el árbol que lleva tu nombre. Por azares del destino, ella vive tras él, en una casa de balcón bajo y muy blanca.

Deslizaste un dedo por los contornos de tu nombre tallado en le tronco una y otra vez.

Siempre baja las persianas, así que tuviste que conformarte con descifrar la fachada. En los muros hay parches de nuevos materiales mezclados con la cal vieja, contraventanas recién barnizadas con algún grumo y persianas llenas de polvo con marcas de dedos humanos. Desde tu posición, la casa se muestra reacia a significar algo más.

Pero eres perseverante.

Atraviesas los muros. O mejor, con una ganzúa fuerzas la puerta en su ausencia. Crees que dentro oculta algo, que su conocida aversión a las palomas es falso y que no es ese el motivo de que eche las persianas a cal y canto.

Descubres todas esas fotos en el cuarto de revelado.

Cientos de instantáneas de tu persona; momentos básicos, personales, solitarios: tú caminando entre la niebla, de noche, por las calles vacías de tu pueblo. Tú cuando tallaste tu nombre en el árbol. Tú escribiendo el informe del caso…

Y mucho más que sorprendente: tú siguiéndola a ella y la casa impenetrable al fondo.


El incompleto

Como siempre entran en el bar los cuatro albañiles de la obra de la esquina. Normalmente van al grano: tres mahous, un kas de naranja y cambio para jugar al Pinball. Suelen hacer varias bolas extras y se cagan en todo cuando, tras volverse locas en los flippers, al final se cuelan sin hacer bonus. Al apagar diez dianas se encienden todas las luces y se abre la compuerta del Arca perdida. Si entra la bola: ¡partida!, TAC. Pero la Máquina de Indiana Jones está más trucada que Robocop, y conseguir meter la bola en ese agujero es mucho más difícil que encontrar el arca de la alianza.

Mi amigo Enrique, el barman, siempre sigue las partidas con atención. Desde el principio, cuando deciden jugar a cuatro players. TAC- TAC- TAC- TAC. Todos empiezan en 000 000 000.

Al final de la partida los marcadores son los siguientes: 000 210 000, 000 540 140, 000 119 300 y 000 130 560. El resultado de la suma es muy fácil de calcular para él, gracias a esa intuición suya para dar con el resultado justo a un primer vistazo: 001 000 000. Una cifra redonda, además de una combinación binaria a todas luces si la vemos así: 00 10 00 00. Le ha quitado un cero, está bien, pero es que sino el resultado no cuadra en sus cábalas simbólicas: a cada símbolo le corresponde un único código binario, y al conjunto de ovho bits se le denomina byte; y la idea final es que el marcador represente el mundo: su mundo.

Así es Enrique Sierra, en más de una ocasión se siente como Maximillian Cohen en la película “PI“, con su ordenador manufacturado, su potente micro en busca de esa constante universal que explique no sólo su comportamiento, sino la existencia misma como si se tratase de la conversión de un binario a decimal: Peso Bit Valor Bit Valor Bit Valor.

Como barman aburrido, o como matemático frustado, como quiera que le veamos, Enrique pone en práctica todos los días los fundamentos básico de la codificación binaria, simplificando sus pensamientos complejos acerca de trigramas o hexagramas, y reduciéndolo todo al cero=no, y el uno=sí

Cuando los albañiles entablan una conversación en la barra tras acabar la partida, Enrique participa de la siguiente manera: Sí, sí, sí, no, no, no, sí, sí, sí, no, no, no.

Cada noche al acostarse suma todos los “sí(s)” que profiere al cabo del día en cada una de las conversaciones en las que participa (bien con los albañiles de la obra de la esquina, con Don Antonio, el guardia jubilado, o con los adolescentes del instituto) y los divide o multiplica, según le dé, por los “no(s)”. Lleva todas las anotaciones desde hace meses en una libreta que se queda sin páginas. Está a punto de llegar a algún tipo de teorema, o eso piensa, aunque su marco lógico, como ya se habrán dado cuenta, carece de fundamento o es una falacia, pues según la teoría de la incompletitud de Gödel: a partir de cualquier formalización consistente de las matemáticas que sea lo bastante fuerte para definir el concepto de números naturales, se puede construir una afirmación que ni se puede demostrar ni se puede refutar dentro de ese sistema.


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