El dolor del Padrino
La llegada del joven Vito Andolini a Elli Island a primeros del siglo pasado no presagiaba nada distinto a la historia de los miles de emigrantes europeos que trataban de “hacer las américas”: algo de dinero junto con las pertenencias más queridas en el hatillo y deseos de dejar atrás la miseria junto con la imprescindible dosis de autoconfianza en el ánimo como único equipaje.
Huido de su Corleone natal antes de que Don Ciccio cerrase todas las puertas de la segura vendetta, Vito, expresión de la unión de indoeuropeos y mediterráneos, así como Zeus optó por devorar a Atenea, decide que la mejor solución a los problemas es comérselos, encerrarlos en el interior de uno mismo sin permitir que perturbe el buen funcionamiento, la adaptación a los entresijos de una nueva tierra mediante las artimañas de la razón, y así evitar las embestidas de ese toro feroz, epítome de las adversidades del mundo, y que sólo puede ser burlado mediante el empleo de muchos ardides. Su respuesta al dolor sufrido en la infancia ha modelado un carácter tremendamente protector para con los suyos, tanto como terrible para quienes osan hacerles frente…
















